September 27, 2010

Libros, pero no lectores

Al abrir las puertas de la biblioteca central, es notoria la falta de calidez. Hay varias personas sentadas en las sillas frente al recibidor, en una especie de lobby, y una persona en éste, la cual no levanta la mirada para saludar al recien llegado, o al menos esbozar una sonrisa de bienvenida.


Frente al recién llegado usuario de la biblioteca y tras esta falta de cortesía hay tres opciones, escaleras arriba, escaleras abajo, o darse la vuelta y regresarse por donde vino. La opción más sencilla y que parece más segura es escaleras arriba.


Ahi le espera un amplio espacio conformado por estantes verdes colocados a ambos lados y al fondo, y mesas con sillas en el centro, esperando a ser ocupadas. El lugar está prácticamente vacío, a no ser por dos mujeres de edad mediana concentradas en su laptop, en dos mesas contiguas. Parecen ser empleadas. Se conocen entre sí, puesto que intercambian breves comentarios en voz baja.


Del lado izquierdo están las clasificaciones de tecnología y bellas artes. Al frente, literatura. Del lado derecho, textos escolares.


A un lado de las escaleras, cerca del archivo de clasificación, se sienta un señor de edad madura, calvo. A su diestra se apilan cinco gruesos volúmenes cuyos lomos han sido forrados de tela. Lee el periódico El Imparcial. Al igual que las mujeres descritas anteriormente, parece ser empleado, puesto que varias personas que cruzan por ahí para subir un piso más arriba, a las oficinas administrativas, le saludan con familiaridad.

El tiempo transcurre con lentitud. Podría oíse el vuelo de una mosca. Solamente se escucha el murmullo de algunas personas conversando en el recibidor, en el que un viejo televisor permanece encendido, así como ruidos provenientes del piso administrativo, donde parece haber mucha mayor actividad que en el área de lectura.


Minutos después entra una mujer joven con una laptop encendida en las manos, acompañada de una mujer rubia que se detiene por un momento a conversar con el hombre que lee el periódico. La joven se aproxima a la última mesa al fondo, en la esquina, y conecta su computadora. Minutos después la alcanza la mujer, que realiza labor de ganchillo. Un hilo de estambre blanco llega hasta el piso mientras teje con soltura.


Más tarde sube por las escaleras un niño de aproximadamente ocho años y con aspecto de acabar de salir de una práctica deportiva, botella de agua en mano. El niño mira en todas direcciones, como desconcertado, y hace una pregunta inaudible al señor sentado cerca del archivero. Éste, sin levantarse ni hacer ademán de ayudarlo, murmura una explicación sobre cómo se organizan las tarjetas bibliográficas. El niño mira la sala otra vez, con desconcierto, toma la botella de agua -que había dejado sobre el archivero-, y se va.


Sigue el silencio y la soledad. Solamente permanecen en la biblioteca la joven de la laptop, y la mujer del tejido. De pronto suenan carcajadas estrepitosas provenientes de las oficinas administrativas.


Podría pensarse que una de las razones por las que la biblioteca está vacía es por la falta de atención hacia los usuarios, por parte de unos empleados mucho más preocupados por tejer, leer el imparcial, chismear o atender sus propios asuntos -incluso tratar de vender cuartos de asistencia a los usuarios-, que por orientar a un niño que entra al recinto.


¡Listos, chavalos!, dice un señor de edad avanzada al pasar frente al hombre que lee el periódico, al que se le ha unido otro hombre también de edad mediana, aparentemente hojeando un libro, y con otra pila de volúmenes a su lado.

Aproximadamente a las 15:00 horas entra un jovencito acompañado de un adulto, que probablemente es su maestro o asesor. Trae un par de diccionarios en la mano, y se sientan a la mesa como ya parte de un ritual o costumbre.

Estudian matemáticas. El adulto habla, ejemplifica, expone conceptos, en voz relativamente baja. El jovencito hace anotaciones y/o resuelve problemas en su cuaderno. El joven usa lentes, tiene el cabello rizado alborotado y la voz gruesa.


Completamente aislados de lo que ocurre a su alrededor, repasan lecciones de álgebra. “A1, A2”, dice el adulto, y el joven se limita a asentir con la mirada con una expresión grave en el rostro. La biblioteca central parece ser la sala de estudio habitual de este par.


Casi una hora más tarde, entra un joven que sin el menor titubeo se dirige a los estantes de literatura, toma dos libros y se regresa. Sabía exactamente donde estaban.


El hombre del periódico deja a un lado su lectura, toma los libros que tenía apilados y se dirige a los estantes de la derecha. Revisa cuidadosamente las clasificaciones en el lomo, y comienza a colocarlos en el lugar correspondiente, sin cruzar palabra con nadie.


El tiempo transcurre, de nuevo, lentamente, ahora con el murmullo de operaciones, fórmulas y conceptos matemáticos de fondo. Casi al final del período de observación, un hombre de edad madura toma asiento con un libro, que lee atentamente lápiz en mano.


La mayoría de los empleados de las oficinas administrativas se ha ido, y ya no hay gente en el recibidor, por lo que el silencio inunda la sala, a no ser por el repaso de A1, A2... con el que alumno y asesor dan un poco de vida a un recinto que pareciera olvidado por los hermosillenses.


Es probable que esta soledad tenga que ver con el día y la hora -viernes por la tarde-, pero también es cierto que la calidad de la atención de los empleados a los usuarios es básica, aún desde que éste abre la puerta para entrar.


Es difícil dejar de mencionar una cierta “dejadez”, un cierto actuar como si anduvieran en su casa y en realidad no estuvieran trabajando. Una cierta desfachatez e impertinencia.


El simple acto de no levantar la mirada para saludar o dar la bienvenida a la persona que llega habla del hastío burocrático de los empleados de la biblioteca.


El sentido común diría que lo sensato era preguntarle, por ejemplo, al niño qué era lo que estaba buscando, e inmediatamente ponerse de pie y guiarle al área apropiadada, cosa que no fue así. El empleado prefirió quedarse sentado y no soltar el periódico, y el niño prefirió salir de ahí, para probablemente terminar en un café internet, imprimiendo la tarea desde rincon del vago o wikipedia.com.


El hombre leyendo el periódico, la mujer haciendo su labor de tejido... estas visiones fugaces hacen pensar que la biblioteca no está cumpliendo su función, que solo está ahí, ajena y solitaria ante las vidas de los hermosillenses.


Son pocos los que se animan a ir, a entrar, a pedir cierta información. Y cuando lo hacen, los que lo hacen, se topan con un lugar que les es indiferente, incómodo y ajeno, en el que, al no poder valerse por sí mismos o sentirse alienados, prefieren regresar rápidamente por donde vinieron. Como el niño de la botella de agua.


Sin embargo, debe notarse también que algunas personas para las que lo anterior no representa una barrera, como el niño y el asesor, la biblioteca central representa un espacio adecuado para leer, resolver problemas y estudiar, aunque no necesariamente consultar información.


Sólo una persona en el transcurso de dos horas tomó un libro y se sentó sin más que a leer. Lápiz en mano. Uno, de cientos, quizá miles, prisioneros en los estantes.


//Primer ejercicio de observación no participante. T. de O: 2 horas.


2 comments:

Edo said...

Mucha poesía para tratarse de mera observación.

Conviertes la realidad en cuento.

Talya said...

Meh.