May 18, 2006

El dolor me ha convertido en una persona demasiado dulce. Demasiado tierna. Y sin embargo, todavía violenta. La sublevación no me dura ni medio minuto. El torbellino se convierte en una lágrima silenciosa en un segundo, y en un llanto tan amargo que solo puede compararse con una lluvia torrencial en un día de sol, en dos.
Indescriptible, lo que siento. Mis párpados han dejado de soñar. Están en vela. Mi corazón se resigna. Deja que las aves que lo poblaban salgan en bandada. Se escapan. Las pierdo de vista en el horizonte. El sol se pone, y apenas puede distinguirse una columna de humo. Mis ojos no ven más. Latir es un hábito. Vivir es una palabra. Callar es un secreto. Volar es imposible. El humo, finalmente, se extingue. El sol se ha ido. La luna, pálida, fría, inmutable, me contempla. Yo. Postrada. De rodillas. Esperando nada.

2 comments:

Álvaro Ramírez said...

Hermoso poema. Y lo que más me gusta es que lo escribes sin separaciones. Más cercano a la prosa. Además conmueve.

Talya said...

Er. Ok.